señor mio(Por: Fray Héctor Herrera).- El evangelio de Jn 20,19-31 nos narra la aparición de Jesús a sus discípulos. Tomás no estaba presente, se resiste a creer el testimonio de sus compañeros. Quiere descubrir por sí mismo y nos enseña a recorrer ese camino de la fe. ESCUCHAR AUDIO

Los discípulos están con las puertas cerradas por miedo a los judíos. El temor se había apoderado de ellos frente a la muerte de su maestro. Jesús se coloca en medio de ellos. Les saluda: “La paz esté con Uds. Como el Padre me envió, así yo los envío a ustedes” (v.21). Jesús nos transmite seguridad, como la dio a sus discípulos y los envía a una misión, como Él la recibió de su Padre. Porque “ante la desesperanza de un mundo sin Dios, que sólo ve en la muerte el termino definitivo de la existencia, Jesús nos ofrece la resurrección y la vida eterna en la que Dios será todo en todos(1 Cor 15,28) (D.A. 109)

Jesús reproduce el gesto de la primera creación, dándoles el aliento de vida (Gn 2,7; 1 Cor 15, 42,50). El primer fruto de la pascua es el Espíritu Santo. El Espíritu del Resucitado, les da fuerza de ser varones nuevos, ya no tendrán miedo, sino con valentía anunciarán: Jesús es el Señor de la vida. Así como Él ha vencido a la muerte, al mal, a la injusticia, a la opresión, los discípulos daremos testimonio ante el mundo: la vida es un don de Dios. Jesús resucitado nos lleva a dar un paso de la oscuridad de las tinieblas del mal a la luz. Aún va mucho más allá: Él ha muerto para vencer al pecado que desune, desintegra la vida personal, comunitaria y la creación. Por eso les da la misión de perdonar en su nombre, hacer una nueva creación donde cada uno se sienta reconciliado, amado, bendecido y protegido por ese Dios que ama con ternura y que defiende la vida. Esta reconciliación se desarrolla en la comunidad y su entorno, porque la creación se hace nueva en la persona de Jesús.

Cuando los discípulos, le comunican a Tomás: “Hemos visto al Señor”, responde: “Si no veo en sus manos la marca de los clavos…no creeré” (v. 25). Ocho días después, Jesús se presenta de nuevo. No le reprocha nada a Tomás, lo llama y le dice: “Mira mis manos, toca mis heridas. No seas incrédulo, sino hombre de fe” (v.27). Y experimenta un encuentro personal con el resucitado y le dice: “Señor mío y Dios mío” (v. 28). ¡Cuántas veces nosotros como Tomás, hemos experimentado este camino de madurez en la fe. Como discípulos tenemos un vínculo de amor, de amistad, ser tocados en nuestro corazón y nuestra mente para tener la capacidad de descubrir que somos hijos de un mismo Padre, llamados a anunciar la vida como don de Dios en gestos concretos de solidaridad. Porque “todo aquél que cree que Jesús es el Cristo es hijo de Dios y todo el que ama al Padre ama también al Hijo. Si amamos a Dios y cumplimos sus mandatos, es señal de que amamos a los hijos de Dios. Porque el amor de Dios consiste en cumplir sus mandatos, que no son una carga” (1 Jn 5,1-3).

“Felices los que creen sin haber visto” (v. 29). Felices si somos testigos de la vida, frente a los poderes de la muerte que quitan la vida de los niños, que tienen plomo en la sangre, a causa de la contaminación de gases tóxicos, porque a algunos nos les interesa la vida, sino el dinero. Felices si somos testigos de esperanza y creemos que en el compartir el don de la vida nos lleva a solidarizarnos concretamente en defensa de la vida y de los derechos de los más pobres. Solo tendremos los mismos sentimientos de compasión y de misericordia, si vivimos ese encuentro con el Resucitado y sabemos encontrarlo en el encuentro con nuestros hermanos. (DOMINGO II DE PASCUA. A. D. 23.04.2017. JN 20,19-31.)

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