Este es mi hijo predilectoPor: Fray Héctor Herrera).- Mt 17,1-9, Jesús llamó a Pedro, Santiago y Juan; los llevó a una montaña elevada (v.1). Estaban desanimados por el anuncio de la pasión de Jesús. Ser reconocido hijo amado del Padre, pasa por el camino de la cruz. Él les va a mostrar su gloria, para que su fe crezca. ESCUCHAR AUDIO

Su misión como hijo que cumple la voluntad del Padre, va unida a Moisés quien libera al pueblo de Israel, conduciéndolo a la promesa de vida y de libertad como hijos de Dios y la figura de Elías, como profeta anuncia la gloria de Dios. Estos personajes son testigos que en Jesús está la gloria de Dios, en medio de la humanidad. 

Jesús es consciente de su muerte, nos manifiesta la gloria del amor del Padre. El amor que resplandece en medio de las tinieblas del egoísmo. A veces nos sentimos sorprendidos como Pedro, “Señor que bien se está aquí, haré tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías” (v.4), queremos encerrar a Jesús y no comprendemos su encarnación en la historia. La presencia de Dios manifestada en la nube y la voz divina, es la respuesta a los discípulos: “Este es mi Hijo querido, mi predilecto.

scúchenlo” (v.5) La nube es signo de la presencia de Dios. Tal como aparecía en el éxodo sobre el tabernáculo, ahora aparece sobre Jesús. Los discípulos son los destinatarios de esta revelación de Jesús. Escuchar a Jesús hoy, es abrir nuestro corazón y nuestra mente, toda nuestra vida para ser testigos de la Luz en un mundo cada día más necesitado de Él. En Cristo se ha sellado la alianza nueva y definitiva entre Dios y la humanidad.

Escuchar a Jesús es ser discípulos coherentes con su Palabra y el testimonio de vida. “En la oración personal, alimentada de la Palabra y la Eucaristía, el discípulo, cultiva una relación de profunda amistad con Jesucristo y procura asumir la voluntad del Padre” (D. A. 255)

“¡Cuántas veces los pobres y los que sufren realmente nos evangelizan! (D.A. 257). Escucharlos es tener la capacidad de descubrir como Jesús que cuando tú y nosotros estamos cercanos y compartimos el dolor y el sufrimiento de otros, allí nace una transfiguración de nuestras vidas.

Los discípulos sienten miedo ante esa presencia de Dios. Se postran rostro en tierra en señal de adoración. Jesús se acerca, nos toca, nos anima: “Levántense, no tengan miedo” (v.7). Jesús nos sigue dando ánimo, el misterio de la cruz nos lleva al gozo de la luz pascual: Él es el Resucitado, el Señor de la vida y de la historia, que la hace nueva y que espera de nosotros ser signos de vida, de alegría, de fe. Comprendamos, como nos recuerda el apóstol Pedro: “Este es mi hijo querido, mi predilecto. Esa voz llegada del cielo la oímos nosotros, cuando estábamos con Él en la montaña. Esto nos confirma el mensaje profético y ustedes harían bien en prestarle atención, como a una lámpara que alumbra en la oscuridad… (2 Pe.1, 17-19)

Jesús se muestra en su cuerpo glorioso, para que nosotros como creyentes, asumamos: “las tristezas y angustias del hombre de nuestros días, sobre todo de los pobres y de toda clase de afligidos...” (G.S. 1)

Dejémonos transfigurar por su palabra encarnada en nuestra vida personal y comunitaria. Descubramos la presencia de Dios en el rostro de los más humildes para ver la luz de la dignidad de todo ser humano. Salgamos de la comodidad, del miedo para caminar resueltamente como Jesús a una nueva vida. Jesús confía en nosotros. De nosotros depende escucharlo y seguirlo con decisión. (LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR. DOMINGO 06.8.2017. CICLO A. MT. 17,1-9)

   

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