|
| La Orden de Predicadores |
|
|
|
La Orden de Predicadores fue fundada por Santo Domingo de Guzmán en el siglo XIII con el nombre de Orden de frailes predicadores. Nuestro carisma y misión es la predicación que brota de la contemplación. Nuestro estilo de vida se basa en la vida común, la oración y el estudio orientados a la predicación de la Palabra de Dios. Hay grandes santos que son fruto de la Orden. Entre muchos después de Santo Domingo están: Santo Tomás de Aquino, San Alberto Magno, Santa Catalina de Siena, San Vicente Ferrer, San Luis Beltrán, y en el Perú San Martín de Porres, Santa Rosa de Lima y San Juan Masías, además de la Beata Ana de los Ángeles Monteagudo de Arequipa. Realmente la Orden de Predicadores tiene una muy grande tradición espiritual e intelectual. En el mundo, los dominicos se encuentran en más de 10 1 países.
LA ORDEN DE PREDICADORES
La vocación de la Orden de Predicadores es comprometerse con la “salvación de las almas” a través de la predicación, de la proclamación del evangelio. El amor a la predicación es el signo común de todas las ramas de la Orden, comúnmente llamada dominicana. Hoy descubrimos la cada vez mayor importancia de su dimensión de familia, en la que hombres y mujeres, laicos y clérigos, pueden mantenerse unidos colaborando en la misión evangélica, como miembros de comunidades en las que están al mismo nivel, respetuosos con las diferencias, pero unidos en la fe. Un aspecto auténtico de nuestra predicación es crecer como familia. Esta tarea común de nuestra predicación consiste en ofrecer la experiencia de un Cristo que está vivo, con el que es posible encontrarse y a quien podemos hablar. Nos impone la obligación de escuchar la voz, los ojos y el corazón de aquellos que se aproximaban al apóstol Felipe pidiendo “queremos ver a Jesús” (Jn 12,21), que constituye el grito de muchos en el mundo. La respuesta de Domingo, y una de las claves de su predicación, fue su modo de vida. Lo que atrae a la gente hacia Jesús no es lo que decimos, sino lo que somos. Por lo que nuestra predicación es plenamente eficaz cuando los pobres pueden reconocer a Jesús en nuestras comunidades. El evangelio que predicamos es el de la Buena Nueva a los pobres. Comprometiendo nuestra vida con ellos nos convertimos en destinatarios de su Evangelio Para ir a su encuentro se nos invita no a una actividad pastoral local, sino a una movilidad apostólica. Por eso Domingo ha querido, según el modelo evangélico, predicar desde la pobreza itinerante. Nuestro carisma en el interior de la Iglesia es ejercer, en colaboración con el ministerio de los obispos, la predicación en su dimensión profética, de modo colegial, comunitario. Carisma que es un permanente recuerdo a la Iglesia de la necesidad de la predicación. Nuestro trabajo teológico, en el que se apoya la predicación, quiere descifrar, continuamente y a la vez, la Palabra de Dios y la experiencia humana. Lo que nos obliga, como algo congénito, a estar atentos a lo nuevo y a adoptar la respuesta adecuada, de modo que no haya nada verdaderamente humano que no encuentre eco en nuestro corazón y en nuestra palabra. Esta característica profética de la Orden hace que nuestra búsqueda intelectual guarde el secreto de una libertad interior, la de la fe como adhesión a una persona viva, Dios mismo, único a quien le debe el homenaje de su obediencia. Esta libertad de espíritu, junto a la libertad para desplazarse no son algo accidental, sino que responden a un propósito deliberado de Domingo. De este modo nuestra predicación itinerante, comunitaria y profética, vivida siempre en comunión con la Iglesia, se ofrece como gozosa proclamación a los hombres de la Palabra del Dios vivo y vivificante. (Fuentes: Tugwell, Simon. Santo Domingo, Ed. Del Signo, 1996, Guy; Quillici, Alain. Les freres precheurs autrement dits dominicains. Le Sarment / Fayard. 1997). HISTORIA 800 años de una aventura espiritual
Esta unidad es admirable, sobre todo si tenemos en cuenta el compromiso activo de la Orden dominicana, desde el siglo XIII, en la mayor parte de los acontecimientos que han marcado la historia de la Iglesia y de la sociedad. El mismo santo Domingo oraba ya entonces para que la Orden pudiera albergar en un solo cuerpo a los que le seguían. No hay más que pensar en la diversidad de circunstancias y acontecimientos que los dominicos han encontrado en el curso de esta larga historia, marcada a la vez por la continuidad y el contraste. En el siglo XIII nos hubiéramos podido cruzar con dos frailes juntos, abriéndose camino por los senderos de Europa, cantando Salmos para darse ánimos, sometidos a los peligros de los bandidos o de los herejes, dirigiéndose a las fronteras de la cristiandad y más lejos aún. O también podríamos haberlos encontrado predicando en sus Iglesias, recién construidas en las nuevas ciudades que surgían en casi por todas partes en aquella época por Europa. O enseñando en las Universidades recién fundadas, como París u Oxford, debatiendo en ellas los problemas candentes del momento: la filosofía aún sospechosa de Aristóteles o las nuevas ciencias experimentales o incluso experimentando un poco la alquimia. Durante el Renacimiento, esas mismas Iglesias fueron transformadas por los artistas y arquitectos del tiempo, como Botticelli en Florencia, o Leonardo da Vinci en Milán. Allí los frailes afrontaban las cuestiones del tiempo. Es lo que hizo san Antonino enfrentándose con los nuevos problemas morales planteados por el nuevo tipo de economía que comenzaba a instalarse, o Francisco de Vitoria proponiendo la primera formulación de la teoría de los derechos humanos. Otros frailes atravesaban por entonces el Atlántico en busca de un Mundo Nuevo y se sumergían en las selvas de América Central, rechazando la protección de las armas, para predicar pacíficamente a los indígenas. En el siglo pasado, encontramos de nuevo a los frailes por el Océano, en los barcos de vapor, acompañando a los que se precipitaban hacia el Oeste para procurarse alimentos, oro o libertad. En nuestro tiempo, los discípulos de santo Domingo se encuentran en casi todas partes -¿no había en el Capítulo General de México representantes de noventa y dos países?-, comprometidos en todo lo que uno puede imaginarse como diversidad de servicios o trabajos: desde la dirección de una granja ecológica en Benin, hasta la exploración de la gramática copta en Friburgo. ¿Qué es lo que ha podido reunir a esos hombres y mujeres, tan diferentes, en el curso del tiempo? Una pasión por el Evangelio a imagen de santo Domingo. Los últimos Capítulos Generales han intentado ayudar a la Orden a tomar conciencia de sus prioridades respecto a las demandas apostólicas y a sus posibilidades ilimitadas. En ellos se señalan cuatro objetivos principales que debe promover en su compromiso: la formación intelectual, la misión en el mundo, la comunicación y la justicia social. En razón del lugar eminente que tiene nuestro hermano Tomás de Aquino en la Iglesia, no es sorprendente que tanto la búsqueda de la Verdad como la santificación de la inteligencia humana sean una de nuestras prioridades. Esta es una búsqueda bendecida por Dios. Aun cuando en la cultura occidental contemporánea existe una sospecha contra la "sequía del intelectualismo", sabemos que todo estudio verdadero es profundamente pastoral. La justicia no puede desarrollarse en una sociedad que no alimenta una pasión por la verdad en cuanto tal, y que se mueve únicamente por el rendimiento económico y financiero. Saber asomarse minuciosamente a los textos puede ser un magnífico ejercicio para una escucha atenta y paciente de la gente que uno encuentra. Como predicadores del Evangelio, los dominicos deben afrontar las técnicas de la comunicación. Esto les pone en relación con todo lo que la ciencia puede ofrecer. Pero reconocemos que mucho antes de la época de los medios de comunicación de masas, de la televisión y de la radio, la Orden dominicana ha dado hombres y mujeres dotados con el don de captar la atención de los demás. Desde los santos del siglo XV, como el beato Fray Angélico, cuyas representaciones de los misterios de la vida de Cristo nos siguen conmoviendo; o incluso una santa iletrada, como Catalina de Siena, cuyos diálogos con Dios o las cartas dirigidas a personas ordinarias pueden seducirnos y ayudarnos todavía hoy. Y mi predecesor del siglo XIII, el Beato Jordán de Sajonia, de quien se dice que los padres encerraban a sus hijos para que no le escucharan predicar y no sintieran la tentación de hacerse dominicos, ¿no había recibido el don de la comunicación? Predicar la palabra no es solamente comunicar una verdad abstracta, sino intentar modelar la vida y la sociedad. La expresión "Palabra de Dios" sólo puede tener sentido, cuando es una palabra creativa y transformadora que ayuda a la construcción del Reino. Existe, por tanto, una relación íntima entre la vocación dominicana a la predicación y la pasión por la justicia. (Fuentes : Bedouelle, Guy. A imagen de Santo Domingo . Editorial San Esteban, 1996. Prólogo F. Timothy Radcliffe, OP.) EL MAESTRO DE LA ORDEN Fr. Carlos A. Azpiroz Costa, OP.
A mediados de 1997 el Maestro de la Orden, fr. Timothy Radcliffe nombró a fray Carlos Aspiroz Procurador General de la Orden en Santa Sabina, Roma. Desde entonces fue profesor de "Derecho de la Vida Consagrada " en la Facultad de Derecho Canónico del Angelicum. Fue Rector de nuestra Basílica de Santa Sabina desde 1997 a fines de 2000. Participando como invitado -perito en el Capítulo General electivo de Providence College, fue elegido Maestro de la Orden el 14 de julio de 2001 Datos biográficos completos en: http://www.op.org/international/espanol/Curia/mo.htm
|